Pedro Ferradas, gerente del Programa de Prevención de Desastres de Soluciones Prácticas - ITDG comenta.
Haití es quizá uno de los países donde el hablar de los damnificados del sistema constituye una verdad. El ser damnificados en la cotidianidad es la consecuencia de una historia donde la destrucción de los recursos naturales y de las personas constituye el círculo vicioso de la explotación y la miseria, lo que ha venido engendrando la violencia y el desgobierno y una esperanza de vida de sólo 54 años.- Hacia fines de la década pasada el 4 % de la población más rica poseía el 70% del ingreso nacional. Se sabe hoy que mientras que en 1945 el 21% de la superficie del país estaba forestada actualmente lo está sólo el 2%, que la pobreza es casi general y la miseria ya era inmensa antes del terremoto. Los desastres constituyen un factor de pobreza adicional, en particular los derivados de los huracanes, las sequías y las inundaciones; los sismos significativos no se producían desde 1952 por lo que mucha gente construyó sus viviendas sin tomar en cuenta esta amenaza.
Haití ha privilegiado en extremo la "iniciativa privada" en "la educación", Las escuelas como las universidades eran hasta hace poco creadas por cualquiera, incluso por personas que apenas saben leer y escribir pero que tienen el capital para construir o habilitar la infraestructura educativa (el 100% de las escuelas ha sido destruidas por el sismo en Puerto Príncipe según informa una ministra del gobierno haitiano). Haití tiene un altísimo porcentaje de población analfabeta, cercano al 50% y mayoritariamente femenina. La educación según algunos funcionarios haitianos lejos de erradicar la cultura de la violencia, la ha estimulado.
Los problemas de acceso a los servicios y a la alimentación devienen en deficientes condiciones sanitarias y un deterioro de la calidad de vida. A principios del la década sólo el 48% de la población contaba con agua potable y el 50 % carecía de acceso a los servicios de salud.
La violencia en Haití está extréchamente ligada con el individualismo y la ausencia de organizaciones con fines sociales. La organización es construida como un instrumento de violencia. La violencia es estimulada por el dinero o la venganza.
La ayuda internacional ha fracasado muchas veces en Haití porque no ha privilegiado la construcción de la ciudadanía sino una combinación de zanahoria asistencialista con el palo de la intervención militar estimulada o generada desde el exterior. Sólo algunas pocas organizaciones emergen de la conciencia de que las soluciones a los graves problemas requieren de la unión y solidaridad social.
Los problemas de riesgo se pueden reconocer en la historia: la ciudad de Puerto Príncipe desapareció con los sismos de 1750 y 1780; en 1842 un sismo mató a más de cinco mil personas. Existen cinco fallas geológicas una de las cuales está prácticamente en puerto Príncipe; hay antecedentes de tsunamis que han causado estragos en las zonas cercanas al mar, Los huracanes matan mucha gente en Haití como también en Honduras porque el Estado casi no existe o es exclusividad de los grupos de poder oligárquico-
No es cierto que se requiere mucho dinero para detener a la muerte causada por los desastres; Cuba es un ejemplo porque un huracán que mata a miles de personas en Haití u Honduras, no causa casi muertes en el país de José Martí. Las inundaciones han matado más de mil personas en Haití en los últimos cincuenta años y el 36% de tales inundaciones sucedieron en Puerto Príncipe que carece de sistemas de drenaje. Lo que en definitiva explica la virtual ausencia de víctimas mortales en los desastres es la organización y preparación de las familias y el Estado y la efectiva priorización de la vida sobre los bienes materiales. En Haití el Estado y la población no estaban organizados ni preparados ante los desastres porque estos son vistos como fatalidades o atribuibles a causas naturales.
Si pudiéramos reorientar la organización hacia la reconstrucción con participación podríamos contribuir a un cambio realmente sustantivo porque estaríamos construyendo también ciudadanía.- Pero la reconstrucción implica también prevención. El terremoto pudo tener mucho menos víctimas si la ciudad o parte de ella hubiera estado sobre terrenos seguros y de menor pendiente (a distancia prudencial de las fallas locales) o si las construcciones se hubieran hecho con el material y criterios técnicos adecuados. En Haití la autoconstrucción o construcción informal resulta abrumadoramente mayoritaria (como también sucede en el Perú). La cercanía del epicentro y la superficialidad del sismo explican en parte la destrucción, incluso de cientos de edificaciones de concreto, pero también existen centenares de edificaciones que han resistido el impacto.
El Estado Haitiano no sólo debe ser reconstruido en relación a sus edificios, sino sobre todo en relación con su capacidad de gobernar. Como ya se había sugerido antes del sismo, sería ideal que la ayuda externa se oriente más al desarrollo y no tanto a la presencia militar. Hoy ello equivale a promover la reconstrucción con participación y evitar que la asistencia externa genere más dependencia y termine con las debilitadas capacidades de la gente.
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